domingo, 20 de septiembre de 2015

Diario de Río: Memoria


Llegué el 9 de julio de 2015 y terminé el 15 de agosto. Un total de cinco semanas en el Centro Social Vicenta María de las Religiosas de María Inmaculada en Niterói, ciudad frente a Río de Janeiro. Era periodo de vacaciones de invierno con lo cual el proyecto se tenía que adaptar al horario de los participantes. Éstos eran niños y adolescentes desde ocho o nueve años hasta dieciséis o diecisiete. En principio, el proyecto se hace los fines de semana, el sábado con los menores y el domingo con los mayores. Se les recibe con un desayuno a las diez de la mañana y después de asistir a un aula de valores, artesanado (trabajos manuales) e informática, se les da de comer  a las doce y media y se prosigue con deportes. A las tres de la tarde termina el programa.

Como he dicho, cuando yo llegué era julio y los estudiantes tenían vacaciones, había que modificar las actividades y hacer algo diferente. La hermana Socorro, superiora y la que ideó el proyecto hacía nueve años, había decidido impartir el curso de ESPERE (Escuela de Perdón y Reconciliación con uno mismo y con el mundo) entre semana, martes, miércoles y jueves, por la mañana en el centro social y por la tarde visitaríamos la favela llamada Zulú donde vivían niños y adolescentes en alto riesgo de exclusión social, pues estaban lejos y sus condiciones eran más delicadas que los habitantes de otras comunidades como Alarico o Fonseca. En definitiva, los niños de Zulú no venían al centro social y por eso Socorro decidió que iríamos a visitarlos.

Eso fue la mejor parte de mi experiencia.

ESPERE (Escuela de Perdón y Reconciliación con uno mismo y con el mundo)
Este curso ya se había hecho un par de años antes con buen resultado. Los contenidos son muy difíciles de captar para un niño o adolescente porque son reflexiones que nos llegamos a hacer algunos adultos a lo largo de la vida y debido a alguna experiencia fuerte, es complicado que uno de nuestros participantes absorbiera el sentido de la ESPERE pero lo importante era plantar la semilla en ellos y desear que germinara. No es nada fácil que estos niños presten atención, algunos no saben leer siendo adolescentes; la violencia y agresividad que les rodean son muy intensas y esa ansiedad la llevan consigo. Trabajar con un grupo de niños así puede ser muy complicado.


Aun así seguimos el índice y ayudadas por juegos, dinámicas, dibujos, música y vídeos, conseguimos su atención. Creo que de algo sirvió todo lo que les dijimos, quizá más que el contenido de la ESPERE lo que más ayudó a los participantes fue el rato agradable en nuestra compañía, tanto en las visitas a Zulú como en el centro social.


ESPERE está dividido en una parte que hace hincapié sobre el perdón como liberación del pasado más triste y la reconciliación como forma de volver a convivir de la mejor manera posible rodeados de gente que nos ha hecho mal y hemos perdonado.
Las historias de los niños y adolescentes eran muchas y muy duras. Su situación familiar es difícil, su situación económica es difícil y sus perspectivas se veían afectadas por todo esto. Con la ESPERE se le trataba de dar una herramienta para poder liberarse de las malas experiencias y poder crecer más o menos en paz con uno mismo y con su entorno. Conseguir lo que acabo de decir era muy difícil pero no por eso lo dimos por perdido en ningún momento.

Mi trabajo en este curso era preparar material de apoyo para la hermana Socorro, explicarles algunos puntos y preparar los juegos con los que empezábamos. Yo trataba de fomentar el espíritu de equipo, romper el hielo y sobre todo reírnos. Son jóvenes muy ágiles y les gustan los juegos físicos, en los que hay que correr o ser muy rápido en actuar. Empezar así fue una de las cosas que más valoraron en la encuesta de opinión que hicimos al final.
Excursiones
Durante el periodo vacacional, los fines de semana llevamos a los niños y adolescentes de excursión. Fuimos al jardín botánico de Río de Janeiro, a la playa de Maricá y al Teatro Municipal de Niterói.

Tenía todo el tiempo ocupado, siempre había cosas que preparar, como juegos, carteles a todo color, cuentos, cualquier cosa que nos ayudara a captar la atención de los niños y adolescentes. Mi día libre era el viernes pero creo que a lo largo de las cinco semanas solo tuve uno o dos, y la verdad que me pareció bien, había mucho que hacer y yo me sentía absolutamente parte del proyecto y de todo lo que allí pasaba.





Las visitas al jardín botánico de Río de Janeiro fueron horas rodeados de naturaleza y calma que los niños y adolescentes disfrutaron. En las comunidades no hay paz, hay una sensación de peligro constante, bien porque de pronto se oye una pistola disparando, bien porque los narcos dominan el lugar, bien porque sube la policía y mata a unos cuantos. Por eso, las salidas de sus favelas, estar con las hermanas en el centro social o ir a excursiones era una inmejorable manera de desconectarlos de su realidad y ellos lo agradecían mucho.

El día que los llevamos a la playa de Maricá también lo pasamos genial. Hacía viento y llovía finamente pero eso no fue obstáculo para bañarse en la piscina ni jugar con las olas en la playa. Ese fue un gran día, todos lo pasamos muy bien.

El día del teatro municipal teníamos cuarenta entradas para ver una obra infantil. A ellos les gustó mucho, para la mayoría fue la primera vez que iba al teatro. Unas semanas después volvimos a ser invitados.


Los autobuses y las entradas al jardín botánico y al teatro fueron gratuitas. La sociedad brasileña ponía de su parte para que estos niños y adolescentes tuviesen experiencias enriquecedoras igual que cualquier otro.

Las tardes en Zulú

Zulú era la comunidad a la que se llegaba después de subir a lo alto de la comunidad de Alarico y bajando por una escalera estrecha y muy empinada. Allí abajo, en medio de la vegetación estaban las casas de los niños y adolescentes, por cierto, con una vista sobre Río de Janeiro impresionante y sobrecogedora. El contraste de la belleza y al sufrimiento es algo que te sobrepasa, a veces me costaba respirar ver una cosa y otra, sentir una cosa y otra, y todo a la vez. Aquí no podemos ni imaginar esa intensidad, aquí todo es suave, descafeinado.

En el patio de una de esas casas era la cita. Venían entre ocho y diez participantes, el número era muy variable, a veces solo cinco, de diferentes edades. Los pequeños solo quería jugar, con lo que llevábamos rompecabezas, globos y caramelos para que estuviesen entretenidos mientras hacíamos la ESPERE con las adolescentes. Algunas eran tímidas, otras querían impresionar con su cara de dureza, pero en el fondo, les alegraba que alguien fuese hasta allí, a cuarenta y cinco minutos del centro social, solo por verlas, charlar con ellas y enseñarles algo útil para la vida. Los fines de semana eran las excursiones, con lo cual, nos veíamos bastante y tomé confianza con ellas y también con los pequeños.

El camino hasta llegar a Zulú pasaba por otra comunidad llamada Alarico. Cruzando sus calles, venían niños y jóvenes a saludarnos con besos y abrazos, la hermana Socorro es una institución allí, lleva nueve años haciendo este proyecto y la quieren y respetan mucho; como yo era parte de su equipo, yo también era aceptada, querida y respetada, por eso no pasé miedo en las comunidades, y cuanto más iba, más me gustaba ir; pero en realidad las comunidades son lugares muy peligrosos a los que nadie sube sin la aprobación del jefe narco del lugar. Nunca vi a los servicios sociales por allí ni tampoco a la iglesia evangélica. Solo nosotras estábamos en las favelas sin ser de las favelas.

Participé en todos los juegos y debates porque hablar español no era problema, las adolescentes y los niños me hablaban en portugués y nos entendíamos con poner algo de nuestra parte. Para una española es una buena idea ir a Brasil de voluntaria, no tendrá mucho problema con la lengua.

Subíamos al morro a las dos y media de la tarde y bajábamos justo al anochecer, sobre las cinco y media. Fue muy bueno ir porque las adolescentes hablaron de sus problemas y preocupaciones con nosotras y también había momentos para bromas y risas, se puede decir que con la excusa de la ESPERE, nos reuníamos y pasábamos el rato juntas dejando de lado los dramas.

Conforme avanzó el curso, hicimos parejas con las jóvenes de Zulú para hablar personalmente y conocer de cerca su situación particular, facilitar que hablaran y descargaran sus problemas en una adulta. Esa tarde fue uno de los mejores momentos de mi voluntariado porque yo ya me sentía parte de todo, parte de Zulú, parte de las adolescentes y tenía el sentimiento de estar donde debía estar.

El mes de agosto

En el mes de agosto habían terminado las vacaciones de invierno. Los fines de semana los niños y adolescentes venían al centro social y entre semana mi trabajo como voluntaria fue acompañar a la asistente social que trabajaba con las hermanas.

Tuve la oportunidad de conocer el funcionamiento de los servicios sociales brasileños y los centros educativos. Visitar un colegio próximo a una favela impresiona mucho, un adulto puede tener miedo de recorrer ese camino y sin embargo los niños lo tienen que hacer cada día. Me pareció un lugar en el que se mantiene a los estudiantes recogidos pero no de la manera que se puede hacer aquí. No se asemejaba una clase con una profesora enseñando sino más bien un lugar donde se hacen actividades para que los niños no estén en la calle. Todos los niños tienen que ir al colegio y solo de esa manera sus madres reciben algún dinero del gobierno como ayuda social, a veces puede ser el equivalente a treinta o cuarenta euros al mes. Los precios de Río de Janeiro son parecidos a los de España, con lo cual, se puede deducir que con esas ayudas tan escasas las familias no solucionan sus problemas. Algunos trabajadores sociales me dijeron que el gobierno los quería mantener vivos pero pobres. Realmente yo siempre tuve la impresión de que Brasil no tenía un problema tan grave de pobreza como de violencia.

En una de las visitas a las oficinas de servicios sociales vi un poster con las caras de niños desaparecidos. En España suele verse un poster así en las oficinas de la policía pero con pocas caras, sin embargo aquel cartel contenía setenta caras de niños y niñas; lo sé porque conté las caras, eran catorce por cinco, me dijo la asistente social que habrían ido a parar al tráfico de personas, obligados a prostituirse.

Una vida plena sin dinero

En el centro social yo tenía mi habitación con baño, comida, lavadora y un seguro médico incluido, todo a cambio de mi trabajo como voluntaria. Experimentar una vida plena sin transacción económica fue algo liberador. Nunca pensaba en mis problemas de España, parecían insignificantes. Tenía todo lo que necesitaba además de un trabajo con alto reconocimiento social, mucho cariño y respeto, intensa emoción y todas las horas del día ocupadas. Me sentía totalmente volcada en mi trabajo y en paz y nada tenía que ver con el dinero. La vida de voluntaria es una vida radicalmente diferente a todo lo que nos enseñan.

El equipo de la hermana Socorro

Ella, Socorro, mexicana de Jalisco, a la cabeza del grupo que trabajaba en el proyecto, Magna, una voluntaria brasileña, Cecilia, una novicia brasileña también y yo, española. Las cuatro morros arriba, morros abajo, y más de una vez rodeadas de circunstancias poco recomendables pero muy decididas a estar ahí y hacer nuestro trabajo con los niños y adolescentes. La unión con las personas con las que se comparte una experiencia así es para siempre. Nadie mejor que alguna de ellas me puede entender, por eso tampoco he querido hablar mucho de mi voluntariado aquí, simplemente porque no me van a entender y tampoco me hace falta. Te sientes aparte cuando retornas a tu país pero también reconfortada, es una mezcla rara; te sientes diferente pero te da igual porque el voluntariado internacional te ha mostrado secretos y claves de la vida y sabes que tienes sólidos recursos para seguir adelante. El miedo ha desaparecido o se ha hecho muy pequeño.

Gracias a la hermana Socorro y a su equipo yo podía descargar toda la emoción que absorbía con lo que estaba viviendo. Una vez a la semana, más o menos, tenía una explosión emocional fuerte que necesitaba canalizar hablando con el equipo. Me entendían, eran brasileñas y vivían lo mismo que yo, sin esa ayuda psicológica, creo que me hubiese ahogado en emociones.

Conclusión

Por mucho que escribiera, no podría transmitir lo que allí he vivido, igual que no podía imaginar lo que me esperaba hasta que no llegué a Río de Janeiro. En conclusión, puedo decir que la postal de Brasil no es real. El turista no sabe lo que se pierde. Solo se hace fotos con el Corcovado y toma el sol en Ipanema. Lo mejor que tiene Brasil es su gente y eso es algo que el turista no llega a conocer.

Tengo 35 años y fui a Río de voluntaria porque tenía la sensación de haber estado haciendo toda mi vida exactamente lo mismo.

Buscaba la experiencia de mi vida y la encontré :-)

lunes, 10 de agosto de 2015

Diario de Río: Un sábado en Río



Cruzar en barco la bahía de Guanabara desde Niterói a Río de Janeiro al atardecer es una de las cosas más bonitas que hay en el mundo, pero incluso puede ser mejor un sábado por la noche en la ciudad carioca.
 
La vida en las calles, las reuniones de capoeira acompañadas de su música en cualquier pasadizo, el color de sus cantos, el ritmo de sus tambores, las sonrisas de los que luchan vestidos de blanco, las palmas de los que los miran, todo hace que la noche de Río sea sensacional y única. Poco más allá, un grupo de diez músicos toca samba tradicional, y la gente alrededor pide cerveza y baila felizmente.
 
En este ambiente festivo y despreocupado, aparece una niña vendiendo adornos para el cabello y yo sentada en una mesa esperando que trajeran la cena. Se te corta el apetito cuando ves a una niña pedir limosna, vagabundeando de noche, plenamente expuesta a todo peligro y proposición. Su mirada me recordó a una de las mías; le di un billete y me dio a elegir un adorno de su bolsa. Se me cortaron las ganas de cenar, de beber y la alegría de la samba resonó de pronto muy lejana, irreal.
 
Cinco minutos después vino el plato fuerte para mí, y no me refiero a la cena. Otra niña, quizá un poco mayor, puede que 14 años, es difícil decirlo y acertar. Su cuerpo castigado, su piel sucia, sus piernas y brazos escuálidos, su voz, esa voz de quien le da al crack desde hace tiempo y sobre todo su cara de muerte, no la puedo comparar con otra cosa.

Apareció como una aparición al final de la calle, se hizo notar, bailó samba de aquella manera, se metió entre las pequeñas mesas; se me acercó,  pidió dinero para lo que ya sabemos, le di monedas en vez de billete, se quejó y siguió su ruta con la mano llena de recaudación tan flaca como ella.
 
Ambas marcaron mi retina para siempre.
 
Para completar el día, en el post La vida continua hablaba de una redada en uno de los cerros de Niterói, el jefe narco del lugar recibió balazos de la policía y herido quedó. Ayer sábado supimos que alguien lo buscó en el hospital y acabó con él. Puede que el bando contrario para asegurarse de que no salía vivo de allí, puede que su propio bando para evitar que hablara de más. Las tiendas y comercios fueron obligados a cerrar por los narcos en honor al jefe muerto. La vida se paralizó.

Leímos en el periódico que un hombre había sido asesinado de un tiro en la cabeza en una céntrica plaza, los pistoleros se dieron a la fuga. El diario además hablaba de una persecución policial a un par de jóvenes en moto con tiroteo incluido, todo en Niterói.
 
Pero la gran noticia del día era que la policía había matado al mayor traficante de Río.
 
Y todo esto en un solo sábado. Un sábado en Río.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Diario de Río: Mantenerlos vivos pero pobres


Entrando a una oficina de servicios sociales el cartel del Gobierno lo dice bien claro: Brasil, país rico y sin pobreza. Sobra señalar la ironía de los cachondos de los políticos. La misma oficina de servicios sociales transmite el interés del sistema por salvar a sus pobres, ninguno, y lo concienciados que están al elegir un eslogan que clama que Brasil es un país sin pobreza.
 
Por supuesto, abordo el tema con la asistente social. Me pregunta si en España pasa igual, mi conclusión es una, en España tenemos los mismos problemas, aunque aquí el paro es del 5%.
 
Nosotros también tenemos un problema de droga, no en vano, gran parte de la cocaína y del hachís entra por España, y son nuestros jóvenes los que las catan a tempranas edades.
 
Tenemos un problema de tráfico de personas. Seguro que recuerda haber visto en la carretera a mujeres haciendo de putas y no ha caído en pensar que la mayoría están ahí bajo amenazas de muerte de las mafias que las trajeron. Son miles en nuestro país.
 
También tenemos en España un problema con el sistema educativo, siempre en las peores posiciones de Europa. El tener una cantera de jóvenes incultos, desanimados e ignorantes, anticipa con claridad el futuro de nuestro querido país. No hay que ser muy listo para darse cuenta. No quieren un pueblo despierto, lo prefieren adormilado, bajo el pie. Bien dócil y despojado de ilusiones.
 
En España también tenemos un problema de pobreza, no tan grave como en Brasil, pero no vayamos de ricos cuando la gente vive de la pensión del abuelo y tiene un trabajo precario y esclavizante, ese tipo de trabajo que acaba con los sueños.
 
En España también tenemos un grave problema de corrupción política, los que ponemos en el poder miran para su enriquecimiento y el de los suyos. Están demasiado ocupados con escaparse de la Justicia (también afectada por la enfermedad) para ocuparse de nada más. 
 
En Brasil tienen los mismos problemas. Drogas, pobreza, corrupción, prostitución, sistema educativo de baja calidad, en fin, el sino de la gran mayoría de los pueblos del mundo, pero aquí la diferencia es que Brasil es un país muy rico y sus problemas son grandes y  evidentes. No se puede volver la cara a otro lado y dejar de mirar las comunidades que rodean la ciudad simplemente porque al mirar a otro lado también hay una comunidad enfrente, y así en todas partes.
 
Dice la asistenta social que el Gobierno ha implementado algunas políticas raquíticas para mejorar la vida de los pobres; vamos, que han hecho lo justo para mantenerlos vivos pero pobres porque es necesario que sigan consumiendo lo mínimo para mantener el mercado.
 
Cruel sistema y no solo en Brasil.